miércoles, 5 de febrero de 2014

Nicanor y Serafina

(Una conversación de las miradas)
...Tocamos el cielo y la tierra. Nuestra piel se irá endureciendo al paso del tiempo. Como viejos recuerdos, antigua es nuestra edad. Del color y la tierra, seremos el espacio abriéndose paso en la luz...

En abril dirigimos nuestras manos al infinito, entendimos que tocar el aire con la suavidad del color de la primavera que acababa de suceder era una sensación temprana que nos vino a enseñar algunas verdades de la luz y de la sombra.
Nos fuimos aferrando, profundamente, a una tierra que nos dejara expandirnos y crecer en busca de un cielo oportuno. Estábamos creciendo juntos, vos tenías en las manos la vitalidad de la madera y yo los nutrientes para crecer. Sabíamos y ya sin palabras; de un arrullo como un canto...  nos complacía la comunión de nuestros jóvenes días. Con aquel amigo liviano y mensajero nos sacudimos los deseos de seguir nutriendo de novedad el suelo.Cada mañana el color nos vestía y en la tarde abrazábamos a los niños que jugaban con los verdes y perfumados retoños de un abril  -¿aquel abril?-.
Si de esta existencia perfumada con el eco de las horas y de los vuelos que hemos visto suceder - siempre hacia la luz- si de este mirarnos ir yendo, tomando el agua de la lluvia que caía en goteras del techo del patio que armaste sabiendo de la madera como si fueras ella, si de sacudirnos con el viento un otoño prometía florecer...entonces- cada vez -se alegraba el suelo con la fascinación de los niños por encontrar entre las ramitas, la tierra y las raíces un fruto que había sido verde y que ahora guardara en su interior un tierno secreto que sería la alegría del próximo invierno de todos los ojos mínimos que acudieran presurosos a encontrar bajo la sombra de una mañana,  un manjar escondido dentro de una cáscara.
En verano dibujamos en el piso, con la sombra y la luz, frescos entramados, y con el viento  jugamos a hacernos cosquillas en la corteza. Me hacías cosquillas a la tarde y se me caían las nueces de las manos (me he vuelto algo vieja pero guardo entre mis dedos algunas lluvias, algunas vastedades). Respiramos, respiramos......profundamente... llenando de perfume el pecho. Bajo esta fresca sombra, nos fuimos expandiendo y hacia lo alto, cubriendo el fondo de la casa, llegamos a tocarnos las ramas de las amplias manos, extendidas hasta la ultima hoja de nuestra copa.
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Nuestra piel fue dibujando el tiempo con marcas, huellas de una edad, recordando la existencia.
-  Siempre cerca tu sombra de la mía, reconozco tu textura, tu historia, tu manera de tocar la tierra. Nada sabemos de palabras, la historia la contamos con el viento de este valle.-

Queríamos recordar esta vieja rama, -mirala bien...sobre esta vieja rama.... se ha  posado el sol.
 ¿Recordas, viejo compañero?. -una risa estrepitosa-.
Estábamos sacudiéndonos con gracia  las cosquillas que nos hacía una gota al deslizarse por nuestros brazos. Sentía la tibieza de un abrazo infinito, me nutría por dentro, -dulce y cálido compañero. ¡Qué perfume ahora desprendido!...-estábamos juntos dando sombra a aquellos niños; y  me sentí tan viva, tenía sabor a luz y a tierra. Al abrazo fecundo de esa hora sucumbieron los antiguos dolores del Valle, silencioso, agobiado por las piedras insoladas y sedientas. Reverdecimos, nos iluminamos, fuimos fecundos, las risas nos llegaban desde los pies, una mano chiquita se deslizaba recorriendo la textura de nuestra forma de ser.
-Era la primera lluvia del otoño y un fresco primer sol-.
Expandimos nuestros brazos y pies, crecimos, fuimos jóvenes y fuertes, nos deleitamos con las manos mínimas  que iban recogiendo disparates del suelo de la risa que me causaban tus cosquillas. Me conmovió la plenitud de esas horas y me brotaron alegrías por todo el cuerpo.
- Me tocaste con tu risa y yo respondí estrepitosa- .
¿Podías imaginar entonces que nuestra casa iba a ser el fruto del tiempo y de las manos fuertes? ...madera y nueces.

Había que olvidar, pues el sonido ya no se apagaría nunca.Olvidar... miserias humanas invadieron el valle con la luz nocturna colgada de un hilo, recortaron la tierra, los grandes carros cercenaron el paisaje, ¿Por qué no callaba nunca ese sonido? Maquinas, cables, gente por todos lados, la caña de azúcar incendiada, no tenían más trabajo mis manos...El algarrobo, ¿quién tenía el tesón, el amor de labrar su textura, de oler su perfume, de ver su interior, los dibujos de su piel algarrobada, de hacer con él los cimientos de un patio, las vigas de una casa ? labranzas de la madera.
 E iban avanzando sobre nuestro patio, querían entrar en nuestra sombra, recortarnos los hijos, quitarnos la risa que nos daba alimento para continuar protegiendo un pedacito de Valle. Es la historia de los hombres, fue nuestra historia también, ¿te acordas? . Cuando eramos hombres y cambiábamos el trabajo de nuestras manos por un metal ridículo que servía para comprar la luz que pendía de un hilo. Había que negociar, pues los hijos crecían en este mundo,  nos aturdimos y poco a poco dejamos de escuchar. Una maquina incesante se acercaba cada vez más a las ventanas del patio, entraba el sonido por todas las aberturas del Valle, nos avanzaban porque eramos viejos y teníamos el color de la madera, nos confundían, querían desarraigarnos. Aquella noche lloramos, fue un invierno crudo, el Valle tomado por el sonido que no era de los pájaros ni del viento ni de los frutos al caer,  un sonido que no era el de mi mano golpeando la cáscara de esa nuez para abrirla y ver si tendríamos frutos secos ese invierno...lloramos mucho, tanto que los baldes del patio rebalsaron, se salía el agua de los grifos, goteaba el techo por todos lados, inundado el patio y el fondo de la casa (un mar de lagrimas como el cauce de un río), las raíces de los árboles se agarraron profundamente en la tierra, afianzaron su sombra en el fondo y se metieron por debajo de nuestro cuarto, envolvieron nuestra cama, perfumaron la noche y la luna nos mostró un guiño de luz por la ventana, no era un guiño pendiendo de un hilo, era la luna del Valle que se acercaba a regalarnos la noche. Nos compartieron el silencio nocturno y nos quedamos allí, escuchándonos con la mirada.

Hoy hablamos casi como si respirásemos, poco nos hace falta para comprender. Compartimos este espacio de tierra y crecemos dando una sombra fresca a las viajeras que llegan agobiadas por un mediodía cansado de caminar cuesta arriba buscando quien sabe ...que! en el fondo de que cosa. 



Sabemos de esos misterios en el fondo de nuestro patio y los guardamos en secreto. El viento es quien enuncia y hay que saber oír lo que no se escucha y hay que saber leer lo que no se escribe con palabras.
Por esa mueca de alegría que nos hicimos con las manos nos creció un patio y fue tu historia la madera y las flores mi deseo, a la sombra fresca de nuestras únicas verdades, bebiendo la lluvia que cae del techo.
Veo mis manos, se parecen a la sombra que me guareció todos estos años. Nuestra piel, viejo compañero, se ha tornado rugosa y texturada, nuestro cuerpo se expande en la contemplación de la tierra.
Es el tiempo un especial perfume que se desliza por entre las hojas. ¿En el fondo de que casa crecerán los niños? ¡Dales alimento!.
No sabíamos demasiado. ¿Del ahora que? No sabíamos antes y tampoco ahora, entendemos que la noche se alza lejana, inunda el valle y el patio. No sabíamos entonces y nos sacudimos los frutos de las manos, un mate dulce, -asentimos con la cabeza-, un quesito criollo... La mirada interna, ahora que el sonido no se apaga nunca.
¿Para qué saber de esas humanidades que no crecen con nogales?
Si...te escucho sin palabras, nos escuchamos y esta conversación no está aquí. Sin testigos,- aunque parece que algunas viajeras nos espían esta mañana-, viajaremos juntos a la tarde....  creeremos en el Dios de los Valles, pues otro tiempo nos convoca.  Respira....hondo....¿sentís? yo puedo sentir tu perfume, lo trajo el viento de esta mañana. Dejemos la ilusión de la humanidad  y vayamos a hacernos cosquillas con las ramas, ahora que recién cayó la lluvia y ya los baldes están prontos para recoger el agua . Hay un sonido que nunca se apaga y no es nuestro, no es nuestra charla.

Por Mer Osswald
Fotografías: Valeria Martinez

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